Mente & Huellas
Nunca había pensado en todo lo que mi primer perro me iba a trastornar la vida.
Despertarme a las 6 de la mañana durante sus primeros días en casa, digo durante sus primeros días en casa, porque resulta que a las 3 semanas si no me movía yo, él tampoco movía una sola pestaña.
Sigo,
Tuve que aceptar la nueva decoración de las paredes de mi casa.
Y por supuesto, los mordiscos y los arañazos que iban a marcar mis brazos y mis manos de por vida.
En definitiva,
nunca había imaginado lo que conllevaba tener una bola peluda de dos meses de edad a mi cargo.
Lo que antes era una vida libre y sin cargas emocionales se había convertido en una llena de responsabilidades.
Y sin embargo,
no me habría gustado que me hubieran contado todo lo que supondría tener un perro a mi cargo, porque seguramente me habría echado atrás y no habría tomado la mejor decisión del mundo:
Compartir los mejores años de mi vida con el amor incondicional que siempre conoceré.
Escribo estas líneas mientras tengo a mi pequeño Ledger, de ahora 10 meses de edad, jugando con su mordedor a mis pies.
No hay mayor regalo que éste.
Así empieza el libro que estoy escribiendo sobre mi pequeño peludo.
Un Golden Retriever que llevaba esperando a que llegara a mi vida durante 14 años y 5 meses.
Es una larga historia que prometo contarte, pero no aquí, no es el sitio.
Es algo íntimo que reservo sólo a mis suscriptores.
Sólo decirte que su nombre viene de esa época, de hace más de 10 años, cuando estaba en plena adolescencia y viví algo que me cambió la forma de ver la vida.
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